Si alguien le hablaba o la miraba, se ponía colorada como un tomate

Vivía sola en una casa pequeña bastante lejos de donde vosotros vivís.
De hecho, bastante lejos de donde vive cualquiera.
Vivía en la Casa Solitaria.

Doña Tímida era tan tímida que no se atrevía a dejar su casa.
Nunca iba de compras. La idea de entrar en una tienda y pedir algo le daba pánico.
Cultivaba sus propios alimentos en el jardín de la Casa Solitaria y vivía una vida tranquila.
Una vida muy, muy, muy tranquila.

¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!, llamaron a su puerta.
Doña Tímida estaba desayunando en la cocina de la Casa Solitaria y se escondió debajo de la mesa con terror.
Pero sólo era el cartero quien llamaba a la puerta.
- ¿Hay alguien en casa? – preguntó.
Doña Tímida, debajo de la mesa, se tapó los oídos y cerró los ojos.

“Debe de estar fuera”, pensó el cartero.
Metió por debajo de la puerta la carta que llevaba y se marchó.
Doña Tímida esperó y esperó hasta que el sonido de los pasos del cartero se perdió a lo lejos.
Y esperó un poco más.
De hecho, se pasó gran parte del día debajo de la mesa.
Ya era de noche cuando Doña Tímida se atrevió a salir.
Allí, junto a la puerta, había una carta, la primera que recibía en toda su vida.
La abrió con cuidado.
Era de Don Bromista.
“Estás invitada” decía la carta, “el sábado”, continuaba “a las tres en punto”, precisaba.
“¡Será divertido, divertido, divertido!”
Doña Tímida estaba horrorizada.

Miraba la carta una y otra vez.
“No puedo ir”, pensaba.
“No puedo porque allí habrá gente”.
Nada le asustaba tanto como la gente.
Estuvo toda la noche preocupada.

A la mañana siguiente, tomó una decisión
“Debo ir”, pensó. A los cinco minutos cambió de idea.
Cinco minutos más tarde volvió a cambiar de idea.
Y así se pasó el día.
Y por la noche no pudo dormir.

Al día siguiente era viernes.
Y el viernes Doña Tímida cambió de idea 144 veces.
Esto es: cada cinco minutos.
¡Iba a ir a la fiesta!
¡No iría!
¡Iría!
¡No iría!
¡Fue un día muy largo!
Y la noche del viernes fue aún peor que la anterior. No durmió ni un segundo.

Llegó la mañana del sábado, y se pasó.
Llegó el mediodía del sábado, y se pasó.
Doña Tímida no pudo ni probar bocado.
El reloj dio la una en punto, las dos en punto y las tres en punto.
La hora de la fiesta llegó.

¡Y se pasó!
¡Y la pobre Doña Tímida no se decidió!
¡No pudo!
Se sentó en su sillón y una lágrima cayó por su mejilla.
“¡Oh, cómo desearía no ser tan tímida!”, sollozó.

Las cuatro en punto.
Alguien llamó a la puerta con fuerza.
Doña Tímida se escondió detrás del sillón.
La puerta se abrió.
Y entró Don Bromista.
- Sabía que no vendrías – dijo riendo y mirando detrás del sillón -. Por eso he venido a buscarte.
Doña Tímida se puso colorada.
- Ven – dijo Don Bromista -. Te divertirás. Se la llevó a la fiesta con la cara roja como un tomate.

Allí estaban todos.
Doña Tímida no se sentía muy bien.
Pero todos le hablaban, y todos eran muy amables.
Poco a poco fue perdiendo el rojo intenso de la cara y empezó a divertirse.
- ¿No te lo dije? – rió Don Bromista.
Ella lo estaba pasando mejor que en toda su vida.
Sólo se ponía colorada a veces.
¿Y sabéis a quién conoció en la fiesta?

¡A Don Silencioso!
- Yo soy tan tímido como tú – le dijo a Doña Tímida.
- No lo creo – murmuró ella. Y agregó:
- ¿Quieres venir a tomar el té a la Casa Solitaria mañana?
Don Silencioso la miró.
- ¿Yo? – dijo, colorado como un tomate.
- ¿Té? – dijo, y se puso como dos tomates.
- ¿Mañana? – dijo, y se puso tan colorado como una caja de tomates.
Y, por último, se desmayó.